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miércoles, 28 de mayo de 2014

Capitulo: 13


What I am to you, you do not need
What I am to you is not what you mean to me
You give me miles and miles of mountains
And I'll ask for the sea
DAMINE RICE, VolAgus
LALI

—Dios, La, cariño...
Miré a Peter y vi que le temblaban las manos y me imaginé que era de las ganas que tenía de tocarme. Levanté el rostro y busqué los ojos de él y los encontré decididos.
En aquel instante supe que Peter no se movería ni haría nada antes de que yo le diese permiso. Respiré hondo y dejé que aquella sensación me tranquilizase.
No debería acostarme con Peter y al mismo tiempo no podía evitarlo.
El día que supe que había vuelto a Cádiz supe que íbamos a hacerlo. Nos lo debíamos, era el único modo de que pudiésemos olvidarnos el uno del otro.
Me humedecí los labios antes de hablar.
—Necesito llevar el corsé —deslicé los dedos por los corchetes de delante. Había elegido el primero que me compré, el único que no me había puesto estando con un hombre—. Yo...
No quería contarle por qué lo utilizaba, no quería darle esa clase de poder porque Peter no era ningún estúpido y se daría cuenta de que él, incluso estando lejos, había estado siempre presente en mi cama. No podía soportar la idea de que lo supiese, pero tampoco podía soportar que creyese que mi corsé era una cuestión sexual. Era mucho más que eso.
—Chisss... —se acercó a mí y me puso un dedo en los labios—. No digas nada. No importa. Tú solo dime lo que necesitas.
Lo miré a los ojos y en ellos no encontré ningún reproche, ni tampoco la reprobación o la lascivia que había encontrado en otros. No, Peter no me estaba juzgando, y me estaba diciendo la verdad. El corsé no le importaba, no le parecía un juego sexual, a decir verdad lo había mirado solo un segundo. El resto del tiempo me había estado mirando a los ojos.
Tragué saliva y volví a hablar.
—Necesito tener el control. Puedes tocarme, pero no intentes llevar la iniciativa —repetí de memoria lo que siempre decía.
—¿Puedo besarte?
Tuve que pensármelo. En toda mi vida me había acostado con cinco hombres, y uno era ese turista inglés. A pesar de la sofisticación que sin duda me proporcionaba el corsé, era relativamente inexperta. Y nunca dejaba que me besasen. Lo había decidido años atrás. Me parecía demasiado íntimo, demasiado hipócrita cuando lo único que sucedía entre ese hombre y yo era un intercambio físico. Pero Peter ya me había besado.
—No —dije al fin—, pero si yo te beso a ti, puedes devolverme el beso.
Peter levantó una mano y me apartó un mechón de pelo del rostro.
—Entiendo que te refieres a los labios —me susurró al oído—. ¿Qué me dices del resto del cuerpo?
—¿Puedo besarte aquí, por ejemplo? —detuvo la boca a escasos milímetros de mi cuello.
—Sí —gemí sin poder evitarlo—. Pero si me aparto, no me retengas.
—Claro —aceptó él dándome un sencillo beso en el cuello. Noté cómo toda la piel del cuerpo se me iba poniendo de gallina, centímetro a centímetro.
—Voy a desnudarte —le dije para retomar el mando.
Y él dio un paso hacia atrás y volvió a mirarme a los ojos.
—Estate quieto y no te muevas.
—No me moveré.
—Y no digas nada.
Peter asintió con la cabeza.
Me acerqué a él y el deseo que vi en los ojos de Peter casi me paraliza. Nunca había visto nada parecido. No era solo deseo, el deseo en sí mismo nunca me había afectado. En los ojos de Peter había algo más. Me negué a analizarlo. Él había venido a casa para
hacerse el héroe, para hacerme olvidar que me había abandonado y yo lo único que quería era olvidar todo lo que me estaba pasando. Me habría servido cualquier hombre, pero sin duda pocos, o ninguno, podían compararse a Peter.
Me repetí a mí misma que cualquiera habría podido ocupar su lugar, pero los ojos de él no iban a permitirme que me engañase de esa manera.
—Cierra los ojos —le ordené.
Él los dejó abiertos.
—Cierra los ojos —repetí.
Peter siguió sin cerrarlos.
Me aparté de él, ya le había quitado la camiseta y le había desabrochado el cinturón y el botón de los vaqueros. Sentía un cosquilleo en las palmas de las manos del vello negro que a él le cubría el torso y todavía notaba en ellas el rastro del calor que desprendía su piel.
—Si no los cierras —me obligué a decirle—, tendrás que irte.
Vi que resoplaba por la nariz y apretaba la mandíbula.
—Quítate el corsé y cerraré los ojos —me dijo sin ocultar lo excitado que estaba ni lo furioso que se sentía.
—No. Tú no tienes derecho a pedirme nada. Mis reglas. Ya te lo he dicho, si no te gustan, te vas.
Me temblaban las rodillas y el corazón me latía a mil por hora. Jamás me había sentido tan poderosa como en aquel instante. Ese hombre, el único hombre que me había hecho sentir algo para luego arrebatármelo todo, estaba a mi merced. Podía echarlo de allí sin más, y él se iría. ¿Por qué no me producía ninguna satisfacción saber eso? ¿Por qué me sentía culpable por obligar a Peter a comportarse de esa manera? Así era yo y él no era nadie para cuestionármelo.
—Cierra los ojos —volví a ordenarle por mi bien.
—Está bien —dijo tras soltar el aliento.
Los cerró y yo suspiré aliviada.
—Con una condición —añadió Peter en cuanto lo toque.
—¿Cuál? —Él no me vio pero enarqué una ceja. Seguro que iba a pedirme algo romántico, algo dulce para que yo me emocionase y cambiase de opinión acerca de escucharlo.
—No me beses en los labios.
Me cogió tan desprevenida que me tropecé con sus pies y si Peter no me hubiese sujetado por los codos me habría caído.
Maldito fuese. ¿Creía que iba a hacerme retroceder? ¿Seguía considerándome una niña inocente que echaría a correr con el rabo entre las piernas?
—De acuerdo —le dije—. Nada de besos.
Le bajé la cremallera del pantalón y deslicé los vaqueros por esas piernas que parecían dos pilares. Peter tenía el cuerpo de un guerrero, o así era como yo siempre me los había imaginado cuando todavía creía en ellos.
Le recorrí el torso con las manos y lo noté temblar. Él se había mantenido quieto hasta entonces pero cuando le clavé las uñas en los pectorales fue como si un tiburón se lanzase al ataque. Colocó las manos en mis nalgas y me levantó en brazos. Sin abrir los ojos, eliminó la distancia que nos separaba hasta la cama y nos tumbó en ella. Se colocó él debajo, pero creo que lo hizo para amortiguar el golpe y no porque yo le hubiese dicho que no quería que tomase la iniciativa.
Quedé sentada a horcajadas encima de él y noté lo excitado que estaba. Le quité los calzoncillos y vi que se mordía el labio inferior. Peter había dicho que nada de besos, pero eso no me impidió lamerle la zona que había quedado marcada por los dientes. Él se estremeció y con una mano se aferró a la cintura del corsé y movió las caderas hacia arriba. Apenas nos habíamos tocado y los dos estábamos muy excitados. Al menos yo nunca me había sentido así, como si mi piel no pudiese contenerme.
Pensé en apartarle la mano, pero me gustaba sentir sus dedos flexionándose sobre mi cintura. Era increíble que un hombre como él temblase solo de deseo.
Yo solo llevaba el corsé y podía sentir su erección creciendo y temblando debajo de mí, sería tan fácil cogerla entre las manos y guiarla hacia mi interior. Esa noche doce años atrás habría dejado que él me hiciese el amor, pero ahora no estoy dispuesta a permitírselo.
—¿Qué quieres, Peter? —le dije—. Pídemelo.
—Me dirás que no —contestó él entre dientes.
—Prueba. —Deslizó una mano entre los dos y le rodeó la erección con los dedos.
—No —insiste él.
—Pídemelo o pararé —lo amenacé.
—Haz conmigo lo que quieras.
Dios mío.
Me temblaron las manos y me excité todavía más. Más que en toda mi vida.
—Lo que quieras, La —repitió él.
—¿Por qué, Peter? —Empecé a acariciarlo con más fuerza y me incliné para susurrarle al oído—. ¿Porque quieres que te perdone?, ¿porque crees que así veré lo arrepentido que estás y accederé a escucharte? ¿Por eso puedo hacerte lo que quiera?
Estaba furiosa, no iba a permitir que él convirtiese lo que estábamos haciendo en algo más profundo. No podía. Ahora ya tenía demasiado con lo de mamá, Peter no iba a jugar de nuevo con mi vida y con mi corazón. Mi cuerpo podía quedárselo durante un rato, utilizarlo incluso, pero eso era todo.
—No —dijo él apretando la mandíbula.
Estaba a punto de eyacular e intentaba contenerse. Era el hombre más atractivo que había visto nunca, el primero al que yo le hacía algo así (aunque él seguro que creía lo contrario).
—Dímelo, Peter —le lamí la oreja.
No era un beso.
El sabor de su sudor se me subió a la cabeza.
—Dímelo —repetí mordiéndole el lóbulo.
Él bajó la mano que tenía en la cintura hasta posarla sobre mi sexo y suspiró cuando encontró con los dedos la prueba de que yo también estaba excitada.
Yo me estremecí.
Nuestras manos se rozaron. Yo seguí moviendo la mía alrededor de su erección y él dejó inmóvil la suya, sintiendo mi calor, haciéndome temblar.
—Contéstame.
—Porque soy tuyo, por eso puedes hacer conmigo lo que quieras.
Tuve mi primer orgasmo al escuchar esas palabras y notar que él eyaculaba entre mis dedos. Los temblores que sacudieron mi cuerpo parecían no tener fin y me derrumbé encima de él.

Y Peter me abrazó por encima del corsé y recorrió la cinta de la espalda con los dedos sin intentar aflojarla. 

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